Desde mi ventana.

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Recuerdo claramente, y ojalá mi memoria no se atreva a olvidarlo nunca, cuando en aquellas tardes, alrededor de las cuatro y media, dando paso a las cinco, me asomaba en la ventana desde el apartamento en donde vivía en Valencia. Fijaba mi mirada en el cielo y las nubes, una paleta de colores que iba en perfecta combinación con las montañas a la distancia y cómo poco a poco las luces de la ciudad comenzaban a encenderse, anunciando que la noche pronto llegaría. Algo tan precioso, que sólo la naturaleza puede crear. Perdí la cuenta de los suspiros que dejaba escapar al admirar tal espectáculo, de que Venezuela pudiera darse ese lujo de que todas las tardes hubiese una obra maestra ilustrada en el cielo, y sintiéndome afortunada por la bendición de haber nacido en aquel país que me consentía tanto, y el orgullo que se desbordaba de mis palabras al pronunciar “soy venezolana”, con todas la letras, el tricolor y sus estrellas.

Desde esa ventana, podía respirar una cierta sensación de libertad ficticia, ya que la realidad que se encontraba pisos más abajo en las calles, se trataba de un miedo infinito y angustia por parte de quienes las recorrían todos los días, mientras yo seguía allí, sujeta a la ventana, imaginando que si tal cosa no existiese, pudiera admirar esos atardeceres desde las mismas montañas, las cuales tendrían la mejor vista.

Pero como a muchos, me llegó la hora de decir adiós a aquella afición que mantenía con el cielo venezolano. Estando consciente de que había llegado el momento de que vería ese atardecer por mucho tiempo, decidí tomar una fotografía  (la cual es esta que les dejé allá arriba) para mantener vivo el recuerdo. Y si como el cielo me hubiese leído la mente, me regaló el atardecer más hermoso que había visto nunca, Venezuela sabía que estaba por partir y decidió entregarme un presente que jamás olvidaría.

Ahora, estando lejos, sigo imaginándome allí en la ventana, algunas veces preguntándome qué colores serían los que el cielo estaría luciendo hoy. Siempre con la esperanza de volver pronto y admirarlo de nuevo con mis propios ojos. Venezuela, tierra que me viste nacer, te llevo presente hoy y el resto de mi vida. Mi corazón te pertenece, mi sangre es tu creación y mi nacionalidad estará siempre en deuda contigo. TE AMO VENEZUELA.

Primero yo, después los demás.

Frame of fresh tulips arranged on old wooden background

Siempre he oído la frase de “quiérete a ti mismo, para que los demás lo hagan también”, aunque me parece que no es del todo cierta. ¿Cómo podrías decirle a alguien con inseguridades que si ellos no se quieren, nadie lo hará? En mi opinión, sería el peor consejo que podrías dar bajo esta situación. Pero algo sí es cierto, es muy importante tenerte a ti primero en ciertos casos, ya que la mayoría de las personas piensa en su beneficio personal únicamente, y no les importará pasar por encima de ti. Así que a veces, no es malo pensar en ti y ser un poco egoístas, y apoyo esto firmemente a pesar de ser fiel creyente de ayudar a los demás siempre que puedas, pero lo único que intento aclarar es que no todos tiene tus mismas intenciones.

Aunque girando un poco el tema, hay una frase que yo suelo decir, la cual va así “Hay una delgada línea entre ser buena persona y ser tonto; yo siempre la cruzo”, digo esto último porque en muchas oportunidades me he dado cuenta (tarde) de que las personas me han utilizado vilmente para salir de algún aprieto; simples favores que la gente no parece apreciar. Pero al final del día, pienso en que mientras puedas ayudar a alguien, mejor. Nunca sabrás cuando podrás necesitar ayuda de esa persona, porque un día estás en la cima y al siguiente podrías estar al fondo. Como me dice mi papá cada vez que intento zafarme de una tarea del hogar mencionando a mi hermana, “Haz bien y no mires a quien”.

Día 1

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Toda nueva etapa tiene su comienzo, o como yo decido llamarle: día 1. Sea lo que sea que vayas a empezar, así sea un nuevo trabajo, un nuevo hobbie, un nuevo año escolar o un nuevo semestre en la universidad… todos estos significan lo mismo; empezar desde cero otra vez.

Para muchos, esto puede ser intimidante, ya que no todos nacen con la virtud de ser extrovertido. En lo personal, yo me encuentro del lado de los tímidos y que sufren de ansiedad, así sea ordenando comida en un restaurante de comida rápida en la caja (sí, incluso esto puede llegar a ser un reto para aquellos como yo), comenzar de cero puede parecer un desafío aterrador; personas desconocidas, el no saber a qué te enfrentas y añadido a esto la mirada de todos sobre ti. Y tal vez, con un poco de suerte, consigas a otras personas en tu misma situación, encarando las adversidades que presenta ser parte del día 1. En las peores ocasiones, desde el mismo primer día algunas de estas situaciones requieren que des lo mejor de ti, volviendo de nuevo al tema de las personas tímidas, nunca querremos que nos presionen el día que apenas nos estamos adaptando a un nuevo entorno.

Pero, por más difíciles que parezcan los nuevos comienzos, en mi opinión, siempre son necesarios. Siempre habrá algo más allá de tu zona de confort que deberás alcanzar, y todo eso comienza justo en el instante que sientes miedo de fracasar, creer en la posibilidad de que no lo lograrás, de que tal vez hayas elegido el camino incorrecto y nadie tuvo la decencia de advertirte. Y todos estos sentimientos combinados en un estómago revuelto debido a los nervios es exactamente la señal que necesitas, indicándote que estás justo en el lugar (o camino) en el que debes estar.  Por allí en Internet leí una frase que creo que tiene mucha razón, y dice así: “Si es exactamente lo que quieres, y a la misma vez te aterra, es justo lo que necesitas”.

 

Tormenta de pensamientos

Tal como dice el título, en algún momento nos pasan por la mente tantas cosas; compromisos a los cuales ir, problemas que solucionar, contactar a ciertas personas… todo esto se mezcla en una sola tormenta que suele desordenar un poco nuestras ideas. Y aunque dicen que es algo completamente normal, no quita el hecho de que te hagas un mar de nervios al sólo pensar en todo lo que tienes qué hacer. En mi caso, esto pasa cuando me encuentro sola en mi habitación, en la noche, a punto de dormir (tal vez es eso lo que mantiene mis ojeras). Otras veces, cuando salgo a caminar y me sumerjo tanto en mis pensamientos, que me olvido de lo que me rodea; en maneras diferentes, siempre acabo igual, pensando en sólo una solución para tantas cosas en las cuales necesito concentrarme también, y a veces, siquiera llego a resolver nada.

Todos tenemos problemas y situaciones diferentes, claro está, pero en lo que estoy segura, es que todas y cada una nos martiriza de la misma forma. Depende de la gravedad del asunto, puedes hasta pasarte todo el día pensando en algo que está por suceder, y que en cualquier momento (quieras o no) tendrás que intervenir.

Personalmente, la mayoría de mis pensamientos es sobre mí futuro; tal vez se deba a mi edad, los adolescentes tendemos a pensar y preocuparnos por nuestro futuro más que cualquiera. Y es totalmente normal, muchos al igual que yo, comenzarían la universidad (aquellos que ya saben qué quieren hacer de su vida), o a trabajar, es depende de cada quién. Pero lo que sí compartimos es ese miedo al futuro, a la incertidumbre de qué nos aguarda más adelante, y si aquello depende de nosotros, en lo cual creo firmemente. Aunque para no limitarme solamente en personas de mi edad, quisiera verlo por otro punto de vista en el cual cada día adquiero más experiencia; el inmigrante. Con esto me refiero a que no sólo los adolescentes sentimos miedo al futuro, sino que al ser un inmigrante de cualquier edad (con un raciocinio lógico) también tememos a qué pueda pasar dentro de un tiempo, ya que con el simple hecho de estar fuera de tu país, las comodidades se reducen casi a cero, por ejemplo, el idioma, la cultura, las direcciones… factores que influyen más de lo que uno cree. Ser inmigrante significa enfrentarte al futuro, desafiar al destino y decidir que mereces algo mejor. Incluyendo así, las preocupaciones de mantenerse, como tener el dinero suficiente para comida y alojamiento, conseguir un trabajo (con mucha suerte algo en tu campo), y en algunos casos encontrarse totalmente solo.

Así que, en mi opinión, una tormenta de pensamientos le pasa a cualquiera, aún bajo la situación más cómoda; siempre tendrás ideas rodeando tu mente, depende de ti sacarle provecho.

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